jueves, 11 de febrero de 2010

Héctor Viel Temperley (Buenos Aires 1933 - 1987)

Obra

Poemas con caballos (1956)
El nadador (1967)
Humanae Vitae mia (1969)
Plaza Batallón 40 (1971)
Febrero 72 - Febrero 73(1973)
Carta de Marear (1976)
Legión Extranjera (1978)
Crawl (1982)
Hospital Británico (1986)


EL NADADOR

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.



BAJO LAS ESTRELLAS DEL INVIERNO

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer --volaban los chimangos!--
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre...

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo...

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste...

En fin...
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece
Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin...
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin...
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme

lunes, 30 de noviembre de 2009

Carlos de Rokha (1920-1962)

Obra
Canto profético (o también “poético”) al primer mundo, 1944.
El orden visible,1956.
Memorial y Llaves,1964.
Pavana del gallo y el arlequín,1967.



A LA LLEGADA DE LAS HORDAS


Mi gran furor que os dará la medida de mi cólera.
En fuga al centro de mí y hacia mi ser en lo profético desencadenado.
Mi pasión por la noche, mi clarividencia.
De poseso coronado por Orfeo y la Bella.
Me hacen más libre, y a la vez, más dichoso y más múltiple.
Que vosotros que todo lo tenéis.
Que vosotros oh corsarios blancos.
Oh, hijos de un cielo que habéis adquirido al menor precio.
A quienes nunca he visto jugarse una última carta.
Como quien juega su cabellera a las aguas envenenadas.
En el supremo juego donde el que pierde es el gran victorioso.
¿No os espanta mi lengua de animal solitario?
¿O no es a vosotros a quienes ciega
mi ojo centelleante como un vasto océano?
Temedme. Alejaos de mí.
Soy el monstruo sagrado, el asesino celestial y benigno.
Aquel que jamás tuvo nada, pero aún así
Su inaudita riqueza sobrepasa a la vuestra.
Porque yo hice mío lo desconocido.
Yo he tocado los límites del infinito.
Y, por último, sabedlo!
Vosotros, que alardeáis de santidad y pureza.
Nunca estaréis tan cerca de Dios como yo.
Que soy la otra cara de El.
Que soy la eternidad que revive en un hombre.
Que soy una edad desconocida.
Avanzando de himno en himno, de conjuro en conjuro.
Hacia el centro de mi corazón.
Hacia los mundos puros, los mundos malditos, los mundos negados.
Donde he llegado a ser
Un titán bronceado por los sueños
Y que marcha, sí, que marcha.
Abrazado a su abismo como a un postrer anhelo.



JULIETA O LA CLAVE DE LOS SUEÑOS


Una mujer de champagne me llama desde un sueño
Donde ella con sus ojos me pervierte
Deliciosa es fascinante
Adorable envenenada
Sobre la boca una mancha más negra
Ese gesto que marca sus pasos
De bella condenada a las habitaciones
El Océano en sus manos renueva sus espejos
La vida que yo amo es ésta entre sus brazos



CASCADA DE COPA


Escribid mi nombre en el libro de la noche
Donde yo anuncio la venida de un océano más negro
A la caída de los pájaros que han perdido sus alas
Sobre los follajes en que sangra el sol
Es preciso saber sonreír a cualquier precio
Ser el paseante de un bosque de árboles negros y blancos.
Las araucarias puede servirnos de puentes levadizos
O de lo contrario todo estaría perdido
Al borde de un espejo sin fondo
Donde un gran pájaro de nieve imita las cascadas
Decidme
Dónde hay una reina que devore el corazón del prisionero
Decidme
Cuántos ángeles pueden nadar en una gota de agua



LAS DEGOLLABLES


Bellas a un aire de nadar
Se desnudan visten ropajes propios
Y sobre sus cuerpos presumen la clave
Del encanto de las chacales
Del tigre de la ronda
Mejor vestidas que jamás errantes sanguinarias
Aquí están consumiendo varillas de leche
Sorteando sus partes de azar
Entregan sus peinados a la silla maldita
Las chacales tatuadas con armiño
Son éstas panteras del orgullo henchidas de virtud
Con un cuerpo por roja rosa de la ronda
Evaporada sobre sus bocas todas semejantes
A la risa de la boa que encantan
Más puras están ebrias fascinadas envenenadas
Lobas obsesivas en el tratado de sus detalles mágicos
Liberáis por avaricia los enigmas favorables
Vuestros cuellos semejantes al hastío de las cascadas
Vuestros cuerpos semejantes a la pereza
Libres ya de ligaduras crean un pacto de dicha
Así con marcas de amor las adorables de las horcas
Viven de un cielo prestado a la ciudad perdida
Y como arrogantes vestiduras en los más crueles paisajes
Los pájaros son su ropaje de Medusas
Cantan a la llegada sobre la costa de granito
Sueñan cuándo vendrá el gran día
Hollad las rocas bellas gavilanes


JEAN ARTHUR RIMBAUD O LA SUITE NEGRA

El, que jamás ha osado poner precio a sus sueños,
Vio a los centinelas escupir los más espléndidos tapices
A ellos, los mismos que un día negaron las uvas del delirio.
El Festín de las Gracias lo había maldecido.
Bebía un licor extraído de todos los pantanos.
Donde la más bella aventura se perdía en sus propios misterios.
Mientras los aldeanos le veían salir de Les Ardens.
¡A dónde iba cuando en los graneros ardían los mitos del silencio?
¿Hacía qué radas de desventura en qué oscuros caballos de espuma lloraba a orillas del mar?
Ángel por demonio su ensueño se ha saciado.
Con los heliotropos mea las estrellas
Cuando las Furias le soplaban las orejas
Y su cabeza de fauno ardía por las hidras
Por el ángel que afeitan vive siempre sentado
Prófugo de sí mismo quienes le adoraban eran los malditos
Los que pedían sus visiones a un Leviatán de los paraísos infernales.
Ellos han besado sus manos igualmente lamidas por larvas en desorden.
Ellos amaban al infante prodigioso.
Alquimista de vocales hechicero castigado despierta.
Rompe las llaves mágicas que guardaban su clave
Y contra toda piedad arroja el mismo hastío.

Guillermo Bedregal García (1954-1974)

Obra
La palidez, 1975.
Ciudad desde la altura, 1980.
Empiezo a visitarme, 2001.




Funeral del principio
En esta instancia yo no conoceré mi calavera.
Sólo tú sabrás de mí cuando el olor de mi tierra sea
el olor de mi cuerpo,
cuando mis esperanzas principien en la última piedra
arrojada por ti hacia tu alma,
cuando el olvido te pueble durmiendo cualquier niño
y cierta música te recuerde mi amor,
en el amor desenterrado del ojo que atento mira el
universo
—a pesar de nuestros sueños se ha dado el cansancio
vital del misterio mío cobijándote,
del anciano tuyo que me hace doler las horas,
del ser nuestro que nos despide no bien hemos regresado.
Saber mejor en tu cintura de aquel que desvincula este
dolor del pájaro que guarda tu presencia.
Duerme sin miedo mi ternura arrancando tu mirar del
agua.
El mago nombra el mes de la estancia:
en él te recuerda mi futuro y el pasado te ignora como
un hecho sólo mío.
Diciembre agota la canción de Dios en mi terror:
sabes cuánto amo tu cuerpo, tu cuerpo agotado en mi
cuerpo perdido en el asombro.
Y si te dejo vivir por sobre el sueño es sólo para re-
cordar la magia en el dolor de tu abrazo.




Jamás nació este muerto
El día ennegreció tras de ti los juegos que daban forma de pez a la morada.
Por ocultarse la música fue una caverna de agua,
y el preguntar, una mano desvinculada de la piel,
casi sola en los que no necesitaban de la luz.
Mi amigo eras sonando en cualquier ramaje,
mis ojos cuando todo había dejado de ser para que lo descubrieras,
aquel aire respirado antes por algún extraño.
Se fue definitivamente la música con los animales.
Quieto, el hecho de palparse era olvido,
y las invocaciones rodaban por la hierba
oliéndose la oscuridad en cada partícula de sueño.
–—Jamás nació este muerto que nos relaciona.
Un cansancio difundía la ciudad más allá de las ventanas
y regresaba la lluvia a sepultarse en el callado impulso de la vida,
entre la humareda
y un grito cicatrizado en el amor.
Para el recuerdo del olvido
Junto al alma de las navegaciones,
en los cielos que partieron con los ojos del viajero,
tú eres la forma que esperaba mi alma para revelarse.
En el orificio que se descubre cuando se ama
el río con ojos de ciudad,
mirando el trasfondo de una muerte en la ventana
dibujada en la pared;
en la locura de los árboles abismales,
en el mensaje de las puertas
y en el llamado de los trenes,
imitándose uno siempre,
sorprendido por la textura de tu piel entregada
por primera vez al frío,
abrazándote en una nueva imagen para
el recuerdo del olvido.




Solamente poseo mi miedo
Solamente poseo mi miedo;
al ver el árbol, en la esquina que ha alimentado otras esquinas,
al verlo solo y verme difundido en el olor de la ciudad;
porque así somos el árbol y yo,
así amanecemos detrás de las esquinas
tropezando con las legañas de días anteriores,
con nuestra propia piel
que se desconoce ahora,
y ama las sombras que ha dejado.
Tú lo sabes porque mi follaje te ha manchado
y porque el asombro que te dejamos
va descendiéndote
hacia las quebradas azules
donde las voces y los mediodías
las cornisas y la respiración de los perros
lo ciudadano y tus pómulos manchados de tanto anochecer
son una ventana más
desde donde el silencio mira,
desde donde el silencio siente:
mi sonido, el tuyo y el del árbol
tan inmensos en la ciudad que se abandona.
Tengo miedo de oírte,
tengo miedo de oírme en el árbol…



Me estaba esperando
Me estaba esperando:
inconfundiblemente solo
en un navío que recupera el silencio de la ciudad
y acarrea la tarde hacia el atardecer
donde mi mano y los cerros ya te han visto
pues eres igual al resplandor que va emergiendo de esta lejanía que me seca el alma
y me aparta hacia una voz niña que se ha descosido de las calles.
Desde el eco mi sequedad te anunciaba
tu memoria estaba cada día en el aire pesado,
en la ciudad que respiraba su recuerdo;
yo estaba cerca y lejos de lo que se encendía
al trepar por el abismo que mantenía tu voz
que te reflejaba como frío
mientras el Illimani fosilizaba la tarde
y me desprendía hacia el balbuceo de tu reflejo
que era el principio de la noche.



Recogió su fantasma
Recogió su fantasma en los relojes;
después, se miró ardiendo en las uñas
e intentó un retorno a tu pelo desviado hacia el desfallecer
de la oscuridad sobre la ciudad.
La ceremonia empezó en un rincón
donde algún pájaro dejó su sombra como la basura,
empezó y jamás finalizó,
se quedó en el diálogo de un breve horizonte,
más cercano a lo viviente
pero lejano del verdadero parpadear de la tierra
cuando empieza a mecerse hacia la noche
y va acercándose en frío hacia la ciudad
que espera tras de mi palpar, tras de mi ver
como un ladrido rasgando
el principio antiguo que lleva la niñez a mi silencio.
Te rechazaste y rechazastes
intentastes en el viento tu borrar
partistes tus pómulos y los posastes en la ceniza para que se fueran,
te fuistes del brillo e intentastes una habitación en las cosas
te guardastes en la memoria
y envolvistes con lo tocado la noche que te quedaba por ver;
entonces te encontré
y estuve triste.



Todo en ti
Todo en ti va tomando un lustre diferente:
esta música te va variando hacia el olvido
y la antigüedad te recupera.
Desde tu límite;
cerca a los cerros que conservan la memoria de la ciudad
que conservarán tus ojos y entonces será el fin de la tarde.
Cerca a donde te recordaré cuando el agua sea viento
y ya no pretenda mi sombra,
empiezo a silenciarme:
viéndote en la última oscuridad de mis manos
comenzándote en el saludo lejano de estos cerros.


Tengo una meditación
Tengo una meditación de ti
que me despide cada mañana
desde el mirar penoso de una esquina.
Tuve que haber tocado el ruido del pájaro en la noche
para vencer el estar que mi piel habitaba,
para sorprenderme en la claridad que algún tejado olvidó en mí,
y partir definitivamente,
sin bagaje ni ausencia,
sin pasajero envuelto en lo antiguo de algún horizonte.
Ni siquiera te robé la memoria
pues necesito de tu evocación sonámbula
para regocijarme del olvido de las montañas y el polvo
y saber que en alguna ventana
la muerte me espera,
con tus mismos ojos
con tu mismo recordar,
extrañando el olor a ciudad que la distancia y mis habitantes derramados
han dejado en mi silencio.

Oswaldo Calisto Rivera (1979-2000)

Obra
Rojo encanto de marmota, 2001



Revolver del friso, del mentón granulado y desnudo, desde una tibia
colina de cemento azur, adiós. Sonríe sobreviviente de octubre, uvas
y lises orondas, ondulada con ojos de matriz amarilla, el extraño
dormitorio encelulado, nuestro corazón imantado en compases con
profética caspa genital. Mamarias eléctricas; interesadas en viajar
cayendo, nos abrazaron con su legión de resinas, -háblame como
un tierno asesino-, en la mitad del anciano cerebro, que se levanta
sobre una oración luminosa, bajo lentas orquídeas cromadas y caravanas
blancas, pérfidos payasos.
Feroces en la lejanía de una nueva noche.
Corpúsculo del huésped malteado.
Pargo.
Lince caricias.
Lince quilos de muerte en manos refletadas.
Un perímetro de devoción. Corderos mulatos, orad en la fobia olvidada de
secretaria. Apúntanos en cada huella de sequedad.
El animal no estaba vivo. Encuestado posteriormente a un ofrendor
Escaleras
sangre
excavaciones






Vuestro espía acordona un veneno de espigada claridad
Y el gafete de cándido murmullo apareja al reinado
Pelirrójese, he aquí la victoria de tilos en vuelo
¿habéis preferido el álbum al farallón empotrado?
ya os comenta el bravo relente que en lo alto mece al
afrecho
pues excelencias, a bien comprobar pueden
los arcanos de una inmensa gloria
si, aquí vuestro caudillo hinca la mollera.




El sagrado jabalí amaba al sucesor del terciopelo
a la ternura climática ensabiada a sorbos de ángel, angosto
sicario de plata.
Sobreviviente de víbora ocre
corcé del ácido, del brillo de la muerte de lunes
plácido cabo del horno verdusco
cribando frescas garras gelatinosas.
Ventanas perforadas por los ojos enterrados.
Arsedo albático.
El jinete eleva su follaje de amaranto
y engarza cojinetes mecidos en la ráfaga verde
ha caído desde sus depresiones nasales, aruñado, resbalando hacia la mancha solar
invadido en la edicta arboladura, en la palma de los cuerpos atosinados
un suspiro de la tetera de paja.
Sobreviviente.
Hongo.
Musaraña.
Anillo afilado en el valle de la corveta.
Daga.
La butaca se inflama como un corazón envenenado.
Detrás, la coda afortunada la llamó la hija morena de tamizal; y el que se
refrescó de miradas magnánimas cuando el niño lobezno se tuerce en
alas de polen, en los besos de abuelo rubio, que buscaba el enfermo
abedul para amasarlo con su húmeda barba, como la sangre que es una
con la flecha en el corazón del venado, y el cielo de los animales perezosos.
Leda oh espía cercada en la llanura del profeta
cuando tu alma empiece a elevarse
coronando al orador ligero y cirrótico.